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Michael Dudok de Wit

“Michaël es un capitán de barco dispuesto a llegar hasta el Polo Norte”.

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La carrera de Michaël Dudok de Wit tiene mucho de aventura: arrojo, determinación, rigor y una base sólida de sabiduría intrínseca a la experiencia. Una aventura que le ha llevado a obtener el reconocimiento de todo el circuito cinematográfico (en Annecy, en los Oscar, los Bafta o, incluso, un Premio Robert Bresson), gozar de un prestigio con aura casi mítica entre los aficionados e, incluso, a ser reclutado por el mismísimo Studio Ghibli. Siempre presto al descubrimiento, su espíritu nómada le lleva a dejar sus Países Bajos natales por Suiza, donde aprende las técnicas básicas de la creación visual. Pero pronto entiende que le faltaba algo: el viaje interno y su expresión, el arte de la narración. El joven Michaël necesita contar sus historias y encuentra en la animación la perfecta síntesis de todas sus inquietudes: el arte, el cine, la música y el cómic. Dudok sigue viajando y acumulando experiencias. En España, donde trabaja en 1978 para el estudio de Jordi Amorós, se reconcilia con la soledad, en plena Rambla de Barcelona. En Inglaterra, a las órdenes de Richard Purdum aprende que su talento desborda el molde de Disney, al tiempo que completa su primer cortometraje, Tom Sweep (1992), un divertimento de espíritu cartoon que ya planta la primera semilla de todo su nuevo universo autoral. Como el protagonista del corto, un incansable barrendero que recoge una y otra vez los sedimentos, Michaël establece una relación casi mística con la idea de la repetición y lo cíclico. Solo que, al contrario que Sísifo, para Michaël no se trata de una mera repetición, del eterno retorno de lo mismo, sino de volver a hacer algo para dar un paso más avanzando en la espiral de un destino elegido, idea que situará en el centro metafísico de Le moine et le poisson (1994), que desde el reputado estudio francés Folimage le dará a conocer al mundo. Si el monje de Le moine et le poisson intenta infatigablemente atrapar el pez que salta esporádicamente delante de su nariz, la niña protagonista de Father & Daughter (2000) acudirá durante toda su vida al monte desde el que espera el regreso de su padre. Con Father & Daughter Dudok encuentra el reconocimiento unánime de neófitos (Oscar y Bafta al mejor corto animado), expertos (Grand Prix y Premio de la audiencia en el Festival de Annecy) e industria (Cartoon d'Or en el Cartoon Forum).

 

Dudok acumula ya un sinfín de exquisitos comerciales que le hacen triunfar en la industria de la publicidad, una reputación probada como profesor de animación y tres cortometrajes que permiten conocer a un animador perfeccionista y a un cineasta de aliento poético y filosófico. Pero mucho antes de darse a conocer, Michaël se descubrió a sí mismo como cineasta al observar cómo Kurosawa se detenía en Los 7 Samurais a filmar el viento que agitaba las hojas de los árboles. Una filia con el universo asiático que se hará indisoluble de su vida y su obra. Perfila su estilo estudiando las ilustraciones de monjes japoneses del siglo XVII, hoja de ruta que le llevará a buscar siempre lo profundo a través de lo sencillo. Un camino que encontrará su máxima depuración en The Aroma of Tea (2006), un juego abstracto de puntos y líneas hechas a base de pinceladas de té. Un cortometraje de un minimalismo radical que sirvió de respuesta a la avalancha de ofertas que le pedían repetir la fórmula del enorme éxito de Father & Daughter. Desde su estudio de Inglaterra, Michaël se convierte así en el gran maestro de la animación zen. Sin embargo, para muchos, Dudok será más bien conocido como el Terrence Malick de la animación. Y es que ya en el 2015, la carrera de Michaël parece correr en paralelo a la del cineasta americano después de Días del cielo: un autor mítico al que muchos daban ya por desaparecido. En ese momento, Dudok llega al Festival de Annecy para presentar unas escenas de un work in progress y desvelar al mundo la sorpresa. “En 2006 recibí un e-mail desde Tokio con una propuesta para dirigir una película. ¿El remitente? El Studio Ghibli”. Michaël no solo acaba de anunciar su regreso, sino que, además, es por deseo expreso de los mismísimos Hayao Miyazaki e Isao Takahata, que hasta entonces jamás habían producido a un autor extranjero. De ahí nace su primer largometraje, La tortuga roja (2016), una historia tan minimalista y trascendental como el más hermoso cuento japonés. Un feliz encuentro entre el universo Dudok de Wit y el legendario Studio Ghibli, un acontecimiento que ha sido recibido con júbilo hasta en certámenes reticentes con la animación, como el Festival de Cannes (Premio Especial del Jurado de Un certain regard). Quizás, después de todo, el heredero de Miyazaki no será otro sino este holandés errante. Alberto Lechuga


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