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MONOGRÁFICO ANIMAC 25

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Animac: 25 años animando Lleida

Año 2012. El emblemático auditorio Ricard Viñes se viste de gala para dar el pistoletazo de salida a la edición número 16 de Animac: el estreno de El gato del rabino es una apertura por todo lo alto, pues la adaptación cinematográfica del cómic de culto la firma el propio Joann Sfar. Pero antes de la proyección inaugural, la sala grande de La Llotja –con sus mil espectadores y un diseño que parece soñado por Tim Burton– acoge también un pequeño gran estreno, el videoclip que la productora barcelonesa nueveojos ha dibujado para la canción Els vespres verds del grupo Mishima. Con la energía propia de las noches grandes sobrevolando las butacas, el júbilo transmuta en electricidad cuando se corre el telón y descubre al grupo catalán, que aparece por sorpresa para acompañar en directo la proyección. Sobre el escenario del Palacio de Congresos de Lleida se encuentra entonces actuando una banda que si un día cuelga el cartel de sold out en la Sala Apolo de Barcelona hoy arropa un videoclip lo-fi. Y, del otro lado, una platea de mil espectadores absolutamente abarrotada celebrando el concierto que da vida a la animación. Esto último no es un decir: la pieza, comisariada por el propio Animac, está formada por esbozos que se suceden sobre un cuaderno, dibujos que uno diría que van «animándose» sobre la marcha conforme la música les da vida. Unos años después sobre este mismo escenario, el indie pop delicado de Mishima dejará paso al garrotín folclórico del grupo musical La Violeta para aplaudir el compromiso con la cultura romaní de la cineasta finlandesa Katariina Lillqvist, que a la postre no dudará en corresponder al guiño con un par de bailes. Y de ahí al theme de Bob Esponja cantado a viva voz por 100 cantores de las corales infantiles del Orfeó Lleidatà como homenaje póstumo a su creador, Stephen Hillenburg. Momentos que dan buena cuenta de cómo en Animac lo autoral y lo popular se mezclan en una paleta cuyo pincel ilustra un fresco de la animación que recorre de manera transversal todas sus formas de expresión, ya sea relacionando la animación con la fotografía o el arte, con el documental o la creación experimental, ya sea bailando instintivamente al ritmo de la música o atendiendo a las reflexiones filosóficas de un gato judío, ya sea desde el stop motion de Lillqvist o desde el cartoon hiperpopular de un porífero amarillo que vive en una piña debajo del mar. Y con este, ya son 25 los años que Animac lleva celebrando la animación.


Vistas desde fuera, estas escenas pueden parecer la gran fiesta temática de puertas abiertas de una «logia» muy particular, como lo define Guillermo del Toro. Un club nada secreto de amantes de la animación cuyo único requisito de acceso es abrir bien los ojos. No obstante, este espíritu inclusivo que invita a disfrutar de la animación en todas sus formas lo encontramos ya presente en el ADN del Animac desde su propia acta fundacional, hace ahora 25 años. «Desde el principio teníamos claro –cuenta Carolina López, su actual directora– que Animac tenía que ser una muestra y no un festival competitivo», un factor diferencial que hace que las películas que pasen por Animac lo hagan para ser vistas, compartidas, pensadas, debatidas, festejadas, pero no para competir entre sí. «Es una manera de entender el festival como una fiesta». Una razón de ser ya presente incluso cuando Jordi Artigas dibujó los primeros trazos de Animac allá por 1996, cuando el Ayuntamiento y el pintor convinieron que en la vida cultural de Lleida, espoleada por la Bienal de Arte, la Panera, la escuela de Bellas Artes o publicaciones como la revista Transversal, había espacio para un festival de cine de animación. Por entonces contaba con otro nombre, Animagic, y transcurría en el CaixaForum, pero siempre se trató de hacer un evento cultural para el público y no un evento de mercado o de cara a la industria. Por eso, para Isabel Herguera, una de las tres directoras junto a Carolina y Marigel Alonso que ha estado al cargo del festival, «fue importantísimo el trabajo de gestión desde dentro de Lleida para conectar toda esa burbuja artística creativa que viene de otro planeta y anclarla en la realidad y en la gente de Lleida. Es fundamental involucrarles y que sientan el festival como suyo. Y se consiguió: durante el Animac, Lleida es una fiesta». Herguera, que en 2003 tomó el relevo en la dirección de Carolina hasta la vuelta de López al puesto en 2011, apunta los nombres de Alfred Sesma, Margot Besora o Antoni Llebot como algunas de las personas clave que, entre bambalinas, consiguieron enraizar el festival en su ciudad. Un equipo del que también ha formado parte importante el artista Carles Porta, pues el leridano ha sido la constante que ha dado «identidad gráfica» al festival desde sus inicios. Este año cede la batuta a la artista noruega Gina Thorstensen –también presente en esta edición como directora de arte de la cineasta Anca Damian– pero no sin antes recibir un Premio Trayectoria y brindársele una exposición que recogerá todos los fabulosos carteles que ha realizado para la Muestra Internacional de Cine de Animación de Cataluña.

 

No es el único repaso a la historia de Animac por su veinticinco cumpleaños, pues para conmemorar el cuarto de siglo se han elaborado algunos listados a modo de compendio elaborados con los votos de destacados críticos, escritores, historiadores, académicos y directores de filmotecas y festivales. En el top de los 50 mejores largometrajes de los últimos 25 años encontramos una buena muestra de la etapa dorada que vive la animación, una de las circunstancias que ha permitido que Animac crezca un poco más en cada edición. En palabras de Carolina, «estamos viviendo una edad de oro. Recuerdo que Ian Mackinnon, uno de los responsables técnicos de La novia cadáver, que nos visitó en 2017, nos contaba que hicieron la película pensando que sería la última vez que podrían hacer un largometraje en stop motion. Y hoy, casi veinte años después, tenemos a Guillermo del Toro o a Wes Anderson usándolo. Todas esas técnicas que parecían obsoletas o exclusivas de formas más independientes y minoritarias han acabado dando el salto al cine comercial. Afortunadamente, se está reconociendo la riqueza de las diferentes técnicas de la animación». Así, del dominio absoluto del modelo Disney y el ninguneo crítico a toda alternativa (el cartoon, la UPA, la animación soviética…), hemos podido avanzar de la mano de Animac por la explosión del anime en los 90 y la consagración de la industria japonesa como alternativa de prestigio (El viaje de Chihiro, que encabeza el listado, The Tale of the Princess Kaguya, Paprika…), por el despegue de la particular sensibilidad de la animación europea (La tortue rouge, Les Triplettes de Belleville, Kirikou et la sorcière…) y por la irrupción de una pluralidad de voces desde la producción más autoral (Little Otik, Rocks in My Pockets, Psiconautas o Mary and Max, a cuyo director, Adam Elliot, se premia este año), una lista de películas que refleja asimismo cómo este boom ha ido de la mano de una «democratización» técnica que ha facilitado la tarea a los creadores hasta llegar al punto de la aparición de lo que Carolina describe como «películas hechas a pulmón». «El año pasado proyectamos Away, una película que un chico joven de Letonia había realizado él al completo en su ordenador, y este año tenemos Kill It and Leave This town, una película checa también hecha a pulmón; es una pasada». Una «revolución de la I+D» que también se ha notado en la propia idiosincrasia del festival, puesto que con la llegada del digital va quedando atrás la época en la que el envío de latas cargadas de rollos de película era un elemento determinante para el festival, incluso en su programación. Isabel recuerda con la épica de la nostalgia cómo el reputado artista sudafricano William Kentridge le mandó un auténtico tesoro en la primera edición que ella dirigió: «un baúl lleno de sus películas en 16 mm».

 

En celuloide, en digital, en formato largo, en formato corto, narrativo o abstracto, filmado bajo la serialidad de un capítulo o como un simple spot publicitario, en 2D o en 3D, en acuarela o con marionetas… Las formas y formatos que han pasado por Animac son tantas como las que sus creadores han sido capaces de materializar para hacer «visibles los sueños de la imaginación», citando la hermosa definición del cine animado que diera el pionero Ladislas Starewitch, al que Animac rindió homenaje en 2019. Pero ¿cómo se consigue reunir a mil personas para ver un documental animado experimental sobre la matanza de refugiados palestinos en el Líbano? Tanto Carolina como Isabel lo tienen claro: a falta de fórmulas mágicas, solo se puede apostar por «la honestidad, la convicción absoluta en las películas que presentamos». Eso y una «confianza total en el público». Acompañado, claro está, de una fuerte labor de comunicación y del reto de acercar el proceso de creación de estos cineastas al gran público a través de talleres, charlas y clases magistrales que ayuden a comprender la producción de las películas animadas. Incluso consagrando En construcción, una de las secciones a las que más cariño guarda el equipo de Animac, a poner el foco en el work in progress de una película. «La etapa del “proceso” es muy importante. Aunque yo ya no soy animadora como Isabel, sí que vengo también de este mundo, y sé que es valiosísimo entender qué hay detrás de cada autor, cuáles son sus ideas y pensamientos cuando está haciendo su película. Eso ha sido un sello del Animac». Porque en ningún sitio como en esta Muestra de Lleida se sublima tanto aquel famoso leitmotiv de El libro de imágenes de Jean-Luc Godard, quien afirmaba que «la verdadera condición del hombre es la de pensar con las manos». Un firme hincapié en acercar la obra al público y mantener la llama de la creación viva en todo momento: antes, durante y después de la realización de la película. Y de este caudal llegó uno de los momentos más emocionantes de los 25 años de Animac, cuando en 2018 los hermanos Elena y Fernando Pomares estrenaban su corto Morning Cowboy en el festival de su ciudad y afirmaban desde el escenario: «si estamos aquí, es por Animac».

 

Y es que cuando los festivales de animación en España todavía se podían contar con los dedos de una mano, desde Lleida se apostó por un solo criterio: «dar voz a los autores» que, desde cualquier lugar del planeta y bajo cualquier prisma «comunican un mundo personal». Situando al autor en el centro del relato, Animac se configura bajo un criterio «incorruptible» y un punto «radical», pero sobre todo a través de una apuesta genuina por compartir aquello que emociona al equipo de programadores. Porque no hay manera más convincente de invitar al público que hacerlo desde el entusiasmo contagioso con el que se comparte un descubrimiento apasionante con un amigo. «Hay dos maneras de hacer un festival: una, persiguiendo tendencias y grandes nombres, y la otra con mucho esfuerzo, criterio y cariño», confiesa Carolina, que sonríe al señalar cómo esta relación directa y cercana con los creadores ha ayudado a establecer una red de «amigos del festival» que acuden a la Muestra con cada nuevo trabajo, priorizando la cita leridana por encima de otros festivales competitivos. De ahí que, por ejemplo, el prestigioso estudio Cartoon Saloon llamara a la puerta de Animac en pleno apogeo de su popularidad para estrenar una producción tan potente como El pan de la guerra (The Breadwinner). O que años más tarde de enviar su baúl lleno de películas, William Kentridge respondiera al premio que le concedió Animac en la pasada edición enviando toda una creación de cinco minutos realizada ex profeso en la que explicaba qué significaba para él la animación. Dos hitos que, sin embargo, palidecen respecto al que relata Isabel: «un año invitamos al grupo de artistas italianos Cucinema para que hicieran un taller de cocinar y pintar películas. Allí conocí a… ¡mi marido!». Una anécdota entrañable que bien sirve de termómetro del ambiente cercano y humano que prima en Animac, cuyo equipo parece no bromear cuando advierten que ir al Animac es enamorarse.

 

Llegados a la edición número 25 solo cabe una pregunta: ¿cómo celebrar el aniversario de un festival de cine en medio de una pandemia que imposibilita su desarrollo en las condiciones habituales? Como siempre ha hecho Animac: reflejando la realidad del momento, sin miedo a innovar, abrazando la irrupción, más o menos súbita, del avance tecnológico. Así, este año Animac combinará algunas actividades presenciales con la exhibición de diversas secciones de su programa a través de Filmin, «la gran salvadora de los festivales, una plataforma que, además, contaba ya de manera orgánica con casi todas las películas que hemos seleccionado en la Top List Animac 25», y la plataforma YouTube, que acogerá alguna de las charlas. Así que si bien este año no podremos ver una de las imágenes más hermosas de cada Animac –el desembarco en La Llotja de autobuses cargados de miles de niños procedentes de colegios para ver cortos programados, según Carolina, «con un sentido de la responsabilidad doble o triple del que siento cuando programo para adultos»– el festival ya ha preparado unos dosieres pedagógicos para repartir a los profesores de los casi diez mil niños que van a disfrutar en clase de las películas de Animac en línea. Porque Animac se puede disfrutar como de aquellos juegos reunidos de antaño: de 0 a 99 años. Así que, mientras unos ven los cortos en el cole, los otros podemos tuitear nuestras impresiones con la etiqueta #Animac25 hasta que podamos volver a abrazarnos en los pasillos camino de la Ricard Viñes. Porque probablemente la mejor definición del Animac la dejó el creador de El asombroso mundo de Gumball, esa serie que agita con alegría espídica diferentes técnicas (animación tradicional, CGI, collage, fotografías…) en un cóctel divertido, sorprendente y nutritivo, cuando, tras su visita a Lleida, tuiteó «Gracias @Animac_Lleida, ha sido como ser atropellado por un tren de mercancías cargado de amor». Per molts anys!

 

Alberto Lechuga

 

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